estaba fuera.

llegaron como llega algunas veces la materia
(materia ahora ya sublimada)

curiosos,
temerosos,
se acercaron al horizonte de este par de pupilas negras.

Y cayeron enamorados,
mas no hacia arriba aún.

¿Se dieron cuenta ya,
enamorados?
Fue la belleza de los colores
y fueron ustedes también,
por haber mirado
(¿tanto?)

(Todo el camino, delante. Carne de Cañón) Ya que en un par de años moriré… (Hoy hace un año)


Soy carne de cañón,

carne nada más.

Y el universo entero.

Y un experimento,

que esperan dar por fallido.

Seguro esto dejó una huella,

imborrable en la orilla.

Cuando muera yo,

Betelgeuse.

Y eso me tranquiliza un poco.

Porque conocí la muerte,

más de una vez.

Y vida,

te conocí una vez más.

Sin Manos. (Ayuda)

Pesa el bolígrafo.

La mano no se atreve;

se atreve mucho menos mi corazón.

Estoy débil,

y temo causar, si cabe,

un daño mucho peor.

Sé que varios murieron,

(no lo sabes, por favor: respira)

y no sé cómo voy a poder vivir con esto.

¿Fue mi culpa?

Por mi culpa.

¿”Por qué nos odian tanto”?

Estoy por cerrar esto.

Nadie me preparó para algo así.

Nadie escuchó todavía mi versión

Y yo ya estoy pensando en cerrar esto.

Hacer. (Urgencia. Lo peor jamás escrito)

Debo moverme, lo sé.

¿Hacia dónde? ¿Hacia quién?

Mierda, debo admitir, sin pudor

Que te necesito aquí.

¿Será que no estás en camino?

A ratos siento que alucino y retrocedo.

O tal vez no puedes ver, aún.

Muchos no saben todavía,

que algo corre en mi sangre.

Qué me contaron una mentira,

Que ahora de adulto se cierne sobre mí,

Sobre todos nosotros.

(amiga, tú alucinas)

Duele, pero es así.

Cincelaron a su antojo,

Una realidad que pretende negar la suerte

Que nos tocó vivir.

Ellos están bien sin mí,

Por eso sigo aguantando.

Y maldiciendo a alguien, alguna vez.

Si sale el sol,

Si me arden los ojos mañana en la mañana

Me buscaré,

Te buscaré.

Porque quiero trabajar contigo…

Y CONTIGO TAMBIÉN.

“No todas las caídas tienen lugar hacia abajo”. (No recuerdo al autor de la cita)

estaba sentado cuando mi cabeza se partió en dos.
No sé cómo pero me encontró,
rebentó contra la corteza,
que protege el núcleo,
de mi identidad.

Intimé,
con ese rugiente sonido,
como no hice con ninguna otra voz.

Y grité,
y grité,
y grité;
como un loco grité,
porque mi cabeza se había partido en dos.
Sentí que se había partido en dos.
Creí que mi cabeza se había partido en dos.

Estaba sentado,
y en la habitación hice aparecer,
ciento cincuenta pequeñas lunas.
Y fuera, estaba la luna grande;
apremiaba.

Seguía quieto
rígido,
buggeado.

El estremecedor sonido
hacía vibrar toda la habitación
y
sin alargar mis manos
hacia la luz de las lunas,
abandoné la tierra,
o tan solo el cuerpo.
Las pequeñas lunas,
brillaban sobre la mesa.

Me vi.
Le vi.
No podía volver.
Por un rato no pude volver.

Y gritaba,
y gritaba,
y gritaba,
porque, a lo que fue una vez mi vida,
no podía volver.

no soy un monstruo. (inevitable mort de la llengua)

El fuego comenzó esta mañana,
acto seguido las voces corrieron.
Por días corrieron las voces,
y siguen corriendo.
(voces que esperan una orden,
mientras buscan una dirección)

Debería buscarme un sitio donde vivir,
o procurarme un camino muy largo y desconocido
que me reconcilie con la vida,
conmigo mismo.
Un destino,
jadear por una meta.
Pero sigo aquí,
paralizado.
(¿a qué esperas?)

Sigo aquí.
Recorro unos pocos metros cada día.
De no ser por el perro,
creo que moriría en esta misma jaula.

Me quedan unos pocos pasos
antes de terminar este camino.
O antes de que le ponga fin,
otro ser humano.

Me iré esta misma noche.
(te apuntaron con un arma)
¿O me iré mañana?

(sigues encerrado en el baño)
Sigo encerrado en el baño.
Me inquieta este barrio,
me asusta esta ciudad.
También ese pueblo,
y aquél clamor:
¡un sol poble!
Y esa única e indiscutible voz.
(en este contexto, es así como sale de su escondite el dictador, el visionario, que promete algo a cambio de una guerra)
También ese tan repetido:
– ¡Sou bona gent!

Ayer sentencié mis palabras:
ya no valen nada.
Tampoco mis intenciones,
buenas o malas.
Ni la voluntad.

Las palabras ya no valen nada,
y aún así, ayer (te) volví a escribir.
No valen nada,
pero pronto es lo único que me quedará.
(y una mochila grande, tal vez)
Y una verdad,
que habré encontrado tarde.

No pasa nada por decirlo:
es tarde.

Recuerdo tu labio inferior,
latiendo entre los míos.
(¿entonces así sabrás que sigues vivo?)
Puedo prescindir por unas horas de la vista,
porque las flores todavía huelo.
(¿ya ves que sigues vivo?)

Me falta oírte,
me falta.
Me falta abrazarte.
No quiero nada más
que abrazarte.
(y sentir su abrazo)
Diría que me falta.
Hay algo que me falta.
Hay mucho que me sobra.
(¿no tienes dónde colocar todo eso?)

Diría,
que espero oírte decir
que mañana vuelves.
Diría,
que todavía creo que…
que todavía siento que…
que todavía estoy seguro de…
que todavía
que todavía,
que todavía,
y que todavía no…
Que todo este tiempo…
Lo diría,
pero mis palabras ya no valen nada.

Mañana,
me faltas.
Mañana;
si hubiera un mañana,
me faltarías.

Hablo contigo,
los días que me siento bien.
Hablo contigo,
El perro y yo hablamos contigo.
Y cuando lloro,
decir tu nombre me alivia.

Tu nombre sigue en la sábana,
Tu nombre se desprendió de mi mejilla,
se despidió con ese abrazo,
con esa carícia
que no te llegué a dar.
Que rechacé,
por estúpido.

Me dijeron: ¡corre, métete en tu casa!
Me metí dentro,
dentro,
muy adentro me metí.

Lo último que comí fue arroz con plátano,
hace tres o dos días.
No tengo hambre,
me atiborré de horas,
y también de porros.
(¿por qué no decirlo?)

Me encerré,
me venció el miedo
y me encerré.
Está todo tan oscuro,
que no me encuentro.
(dices que ya no hay luz pero ayer, desnudo en la azotea,
disfrutabas del sol y te importaba una mierda saber que estás solo)


Me encerré.
Pero también me abrí,
y ya no puedo volver.
Ya vi,
lo que tenía que ver.

Me dijo: ¡aguanta, muchacho! Pronto nos veremos.
(aguanta, pronto nos veremos)
Pronto nos veremos abuela.

Me dijeron:
¡muévete,
o apártate!
Me llamaron:
¡puto indígena!
Lo conté y no me creyeron.
Lo conté y soltaron:
¡pero si tú no pareces latino, como el resto!

Porque estaba muerto de frío y solitario te pedí que me arroparas,
con historias inventadas,
que contigo nada tenían que ver.
Lamento,
Lamento,
Si yo hubiera sabido…
Si yo hubiera sabido…
Si hubiera visto antes,
lo que no quería ver.

Ahora es el momento de hacerlo.
Era necesario que dijeras basta,
hasta aquí,
adiós.

Otra vez,
esa fuerza
que se empeña en mantenerme con vida
desde el día en que la primavera,
simplemente pasó.
(la primavera, por cierto, esta vez nada tiene que ver con el amor)

No me arropa nada,
pero recuerdo muy bien tu cuerpo.

Siento calor,
aunque no estés.
Aunque no quieras estar.
Aunque no puedas estar.

Siento calor,
mucho calor.
(con gusto te encaminaste hacia la hoguera)
A la hoguera voy,
para que no arda nadie más.

Ahora que solté esto,
puede que aguante unos días más.

Será que ahora que estoy tan solo,
encontré,
aunque tarde,
la libertad.

(¿es esto lo que querías? ¿encontrarte con tu hermana?)
Puede que esté
completamente equivocado.

decapitación de las flores – ii (acerca de aquél campo devastado).

El primer año lo pasamos en Barcelona.
Vivíamos todos juntos y bastante apretados en un departamento de tres habitaciónes pero eso no parecía un problema, aunque lo era.
El piso estaba enterrado, era oscuro pero tenía un patio interior blanco, de paredes altas pero luminoso.

El departamento era pequeño y oscuro; sí, pero olía siempre a comida y la comida era algo también parecido al amor.
Comino tostado, cilantro picado sobre un tablón de madera, pollo recién desplumado, verduras de colores salteadas, achiote… y a dulce; maíz y queso, dulce de leche y almendras, bizcochos de nueces y plátano, pancito dulce y mantequilla, maracuyá en el licuado de avena…
Y siempre que se ahumaba el arroz se oía un lamento o un insulto.

Me gustaba estar en la cocina pero siempre me sentí torpe en ella. Solían ser pequeñas y yo era nervioso, impaciente; un estorbo esforzandáse en complacer.
A las mujeres no les gustaba que metiese mucho las manos. Tampoco les gustaba a los hombres.
En la cocina se generaba a menudo una atmósfera que ahora me parece com de ficción y aún así, al escribir esto siento nostalgia y oigo platos romperse.
Era anhelo también, seguido de ausencia.

Desde la habitación en la que dormía mi tía Anita veía a través de la ventana, rectangular y estrecha, los pasos y ruedas pero sobretodo recuerdo las palomas. Nunca antes había visto tantas.

Nuestra casa me gustaba un poco porque no era nueva, era más bien vieja y se parecía en algunos aspectos a nuestra vieja casa del Ecuador, solo que no tenía un patio tan grande, ni gallinas que cuidar o empaitar, no teníamos manguera ni perro que nos tratase de morder cuando le teníamos que bañar. No había una caseta bajo la escalera donde meterme a dormir con el perro, que se llamaba Napo; por Napoleón.

Con todo, nuestra “casa” en Barcelona me gustaba un poco porque siempre estaba limpia, como la de Ecuador y conservaba algo de lo bueno que había quedado atrás. Y había algo más en la nueva casa que no veíamos porque no era el momento de verlo, porque: “¡mira qué paisajes tan nuevos, tan bellos!”, porque no era momento de mirar el pasado; porque, verdaderamente, nunca lo será.

El orden y el control para todo lo que se consideraba interno y externo, el orden y el control que parecía verse en las calles, y los parques como Montjuïc o Collserola; que me parecían bosques, hicieron que olvidara todo aquello que había quedado interrumpido o suspendido.
Pero de nuevo, no estoy de seguro de que “olvidar” sea la palabra precisa.
Yo tenía nueve años.

Seguía siendo un niño y por eso a ratos era feliz. Porque mi família también era un puñado de criaturas a menudo éramos felices.

decapitación de las flores – i (acerca de aquél campo devastado).

Lo primero que recuerdo nada más aterrizar, o que recuerdo con mucho detalle (a día de hoy), es sentirme muy pequeño.
Lo siguiente es corretear y mi sombrero, que no se qué fue de él.

Mi hermana, mi tía la menor y yo llegamos juntos. Mi padre, su pareja, mis tíos, tías y prima vinieron a recibirnos a la terminal y también alguna amistad de la família. Entonces olvidé que estaba en otro país. Lo olvidé por varios años. Aunque no estoy seguro de que “olvidar” sea la palabra precisa.

Era inmenso el aeropuerto. Estaba con la família en un lugar nuevo y por eso no recuerdo sentirme con miedo del nuevo mundo. Mi família parecía nueva también.
Recuerdo sentirme bienvenido. Me recuerdo eufórico, pero tal vez miento. Recuerdo fijarme en lo bien puesto que parecía todo y notar la rapidez con la que se movía de repente el mundo. Recuerdo sentirme fascinado e inquieto. Yo tenía nueve años.

La emoción del despegue y la del aterrizaje, el largo trayecto cruzando el atlántico y, sobretodo, ver por primera vez tan de cerca las nubes hizo que olvidara los gritos de mi madre.
(desde ahí arriba todo se veía pequeño y a esa velocidad todo era pasajero. Como nosotros)
El autobús no tenía puerta y ella alargaba hacia mí sus brazos. Me parece increíble recordar incluso mis manos.
Mi madre llorando, suplicando que me quede, que no me vaya.
(el cielo jamás había sido tan azul y de azul inundó mis recuerdos).

Mi madre simplemente no sabía cómo hacer las cosas un poco más fáciles. Seguramente de niña para ella no lo fueron; tampoco para su madre, y su padre no estaba y eran un chingo de hermanas.
Probablemente tuvo que aprender sobre la marcha, observando; siempre sintiendo y errando, haciendo y acertando… ¡Mierda, tan solo viviendo!

Mi madre, que no sabía cómo hacer las cosas un poco más fáciles; o por querer hacerlas, nos entregó a mi abuela y es que a mi padre las cosas no le estaban yendo bien, o no estaba.
Y es que Flor no solamente era madre, sobretodo era una mujer, y por encima de todo eso era un ser humano sobreviviendo.

Mi padre me contó que mi madre, antes de parirme, había tenido otro niño que al poco tiempo murió y que él supone que ella nunca superó del todo aquello.
Lo supone porque la cruda verdad es que ellos dos nunca se llegaron a conocer. Así lo dijo.
Por más que le pregunte él no sabe quién fue Flor realmente. Posiblemente para él, en algún momento de su vida, eso también fue doloroso…

Estoy sentado en el suelo. Es la hora de la merienda y el sol recién se escondió. Puede que me invente esa brisa que atraviesa la casa y entra por el patio.
(arroz con lentejas, plátano frito y café aguado)
Mierda, no recuerdo a mi hermana. Si está ahí de seguro está cerquita, o sentada en la falda, de nuestra abuela… Pero no consigo recordarla con claridad y eso es algo que arde, que me duele; por muchas razones.
La comida y el teléfono están sobre la mesa. La abuela habla con nuestro padre. Nosotros esperamos para charlar con él. Creo que también hay un par de tías en la sala. Mi padre está en España, creo que en alguna comarca de Catalunya.
(temps de collita)

Mi padre se había ido a España, y después de un tiempo que no soy capaz de estimar nos envió unos regalos. Entre ellos había un diccionari castellà-català. Me recuerdo muy a menudo buscando la traducción de cualquier palabra e imaginar que las pronunciaba muy bien todas.
Era un diccionario para mi hermana y para mí, pero lo acaparaba yo todo el tiempo y me enfadaba si ella o alguien más “me lo quitaba”.

(todo es necesario… para llegar a ese campo devastado. No te detengas)

Llegó una vez de España, venía a hacer trámites y a visitarnos. Yo tendría siete años. Fuimos a recibirles al aeropuerto. Yo estaba muy feliz. Se que le echaba mucho de menos y que tenía muchas ganas de verle.
Recuerdo su abrazo. Recuerdo muchos de sus abrazos, e identifico también algunas de sus incontables formas.
Recuerdo un tenedor y un cuchillo que mi padre trajo del avión. Los cubiertos venían envueltos en una funda negra y se los dejó cuando se volvió a ir.
Creo que se los pedí yo porque sentía que me estaba dejando a mí.
No se los dejó. Eran suyos y mi padre me los dio.
(sí, tiene un sabor extraño pero sabe a eso)

Esa vez que estuvo con nosotros, antes de marcharse, me llevó con él a Quito. No recuerdo mucho de la ciudad…, tal vez la piedra oscura y las ropas de colores y un mercado, pero no mucho más.
Lo que sí recuerdo es subir la cordillera y también un precipicio que no tenía fin y un enorme pájaro. Esa fue la primera y última vez que vi el cóndor andino. Mi padre está en silencio. Las ruedas del viejo bus ruedan rozando el abismo y, sentado en ese bus estaba también Dios, contemplando su Tierra y sus hijos.
Creo que me gusta estar con él. Pero me recuerdo también tenso.
Estoy seguro de la inmensa cordillera y del cóndor custodiando los andes.
Un recuerdo que dura lo que un respiro largo.

Puede que fuese un niño verdaderamente estúpido, engreído; o como me llamaban también: un antojado, pero una vez los probé ya no quise cortar más la carne, ni comer los estofados con cuchara como hacía el resto de mi família.
Mi padre se había ido y yo solo fui capaz de apegarme a esos cubiertos, y ensartaba la comida con la fuerza o la minuciosidad de un niño que, ignorante, creía en algo equivocado.

Mi família hacía broma llamándome “el españolito” cuando los usaba. Yo suponía que bromeaban porque reían. Otras veces comentaban lo hábil que era dándoles uso.
A menudo comentaban lo que sea, cualquier cosa, y lo magnificaban todo, sobretodo si en casa habían visitas o estábamos rodeados de amistades de la família. Yo era un niño que siempre reía y que nunca estaba quieto. Recuerdo que me enojaban mucho esos comentarios, pero me recuerdo también tantas veces muy orgulloso y otras tantas veces me recuerdo muy vulnerable, o frágil. ¿Es eso posible?
Recuerdo también posar y hacer lo que se esperaba de mí. Recuerdo sonreír y no decir nada. Recuerdo sonreír a pesar de estar enojado, o incómodo, o rabioso. Recuerdo enfadarme y verme forzado a sonreír. Recuerdo sonreír por complacer o para apaciguar. Recuerdo explosiones y deflagraciones por dentro. Pero yo no sabía nada de esto. Yo era un niño, eso es cierto.

Recuerdo esconder cosas y esconderme, recuerdo saquear la nevera en mitad de la noche. Me recuerdo comiendo a oscuras frente a la luz ténue del refri, yo de pie, medio dormido, o medio despierto.

Por mi parte recuerdo mucho llanto, y mucha rabia. Y mucho llanto en la familia, y mucha rabia. Mucho trabajo, poco tiempo, mucho tiempo, y demasiado amor reservado. Amor inesperado. Esfuerzo, berrinches y algo precario. Recuerdo a Dios siempre en la mesa, recuerdo también al Diablo. Y mucho más en tan poco tiempo.
(…todo tan concentrado)