las manos del padre. (i)

contra la pared tu hijo,
y tus manos creyentes
aferradas a su cuello.
Aprietas y ahorcas.
Sofocas así,
cualquier incendio.

Desde entonces,
después de tantos entonces,
los pies de tu hijo
no encuentran el suelo.
No es que vuele.
Sino que es él mismo
el que ahora se ahorca.

Tus dedos en su carne
todavía joven
de joven y niño.
Tu rabia y tu ignorancia
penetran también en tu hijo.

¿No ves que está pálido?
¿No ves que se desvanece?
No importa qué tanto le preguntes,
No importa qué tanto le chilles.
Ya no puede escuchar tus gritos.
En sus oídos
aumenta el canto de los grillos
y el de las cigarras
Alcanza sus ojos,
la sombra de la noche
a plena luz del día.
La habitación de tu hijo jamás ha sido para él
un lugar seguro.

Cae desplomado al suelo
Y se arrastra desorientado.
Siente el cuerpo helado a pesar de ser verano
Se llevó un fuerte golpe en la frente.
Y se arrastra asustado.
Busca un rincón.
No entiende,
No entiende...

Tú no lo ves, ni lo sientes.
No es tu hijo,
solo una visión.

Él está convencido.
Hoy morirá.
Se lo dice su cuerpo,
y cada elemento de la habitación.

(así como te di la vida, yo te la quito)

- Ya estás con las tonterías de tu madre.
Siempre que las cosas se ponían feas,
le entraba el teatro.

Flor María recibió un bofetón tan bestia que acabó al final de las escaleras.
Su hijo se encontraba cerca de ellos. No vio el golpe, pero sí oyó el previo ruido de los gritos y se acercó a ver.
Vio a su madre en el suelo, inconsciente. Eso era nuevo para el niño. Gritos, insultos, golpes, amenazas, alcohol,… Pero eso era nuevo para el niño.
El niño quiso acercarse a su madre pero el padre, que ya estaba junto a ella, lo apartó.
El padre lloraba. El padre estaba muy asustado.
– Flor. Flor, reacciona. ¡Flor!… Reacciona… ¿Pero qué he hecho? ¡Flor!

El hijo lloraba. El padre mandaba a callar a su hijo. El padre estaba muy asustado, pero sobretodo estaba lleno de remordimiento. No podía tolerar que nada en su entorno incrementase esa culpa, pues no sabría qué hacer con ella. Se ahogaría. El padre buscaba una solución. Como cualquier ser humano, en situaciones de mierda, empezó buscando una solución inmediata.
El padre mandó a su hijo a buscar el frasco que contenía un líquido rosáceo. El niño lo consigue y se lo entrega al padre. Pasados unos minutos el padre consigue reanimarla.
Él hombre llora. Flor todavía está desorientada.

El niño, ya de adulto, no recuerda si finalmente sus padres se abrazan. No recuerda si ella aparta al hombre o si es él el que se aleja. El niño no recuerda si llegó a acercarse a su madre para abrazarla y llorar con ella. No recuerda qué fue del padre ese día, ni de la madre.
Tiene la sensación de que, después de todo aquello, el padre y la madre retomaron el día, creyéndo que así seguirían con normalidad sus vidas.
El niño intuye que se incorporaron y le dejaron solo.

El niño, que ahora es adulto, se preguntará toda la vida si, como dice el padre, a su madre “le entró el teatro” y se tiró, o si fue el padre que de un golpe la lanzó por las escaleras.

El niño sabe, como niño y como adulto, que el padre niega y esconde las vergüenzas. Considera también la posibilidad de que simplemente el padre ya no recuerde, o no quiera recordar. El niño, lo entiende perfectamente y lo respeta. Por eso va dando tumbos buscando en otro lado respuestas.

La madre está muerta. Muerta y enterrada en otro continente. Enterrada solo por el tiempo y la tierra.

El niño siente profundo y recuerda. El adulto intenta conformarse, o consolarse pensando que todo es posible, que todo es real y necesario. El niño asume que para vivir en este mundo material y superficial, donde nada existe realmente sino es cuantificable, debe preguntar mucho menos y aportar siempre mucho más.

Tu hijo no murió.
Su madre sí murió,
su hermana sí murió.

No es capaz de odiar,
porque siempre supo que no le despreciabas,
plenamente.
Tu hijo sigue buscando,
mientras le pasa por encima,
no la vida,
sino la rueda cruel de un sistema despiadado.

ríos calientes. (nadie pudo todavía cuantificar el dolor)

El filo se desliza
para tallar en él su nombre.
A pesar de las apariencias,
enormes piedras rebotan en su cabeza.
(masivas estrellas mueren y colapsan.
Aparentemente, de la nada, nacen otras nuevas)
Sus manos fueron siempre así,
tan ligeras.
Tan ligeras como hojas.
Hojas mecidas,
tan solo por el viento.
(en ese universo suyo puede dilatar,
o detener el tiempo...)

Alcanzo a ver
su piel que llora
(corteza empapada por la lluvia.
corteza blanda que expuesta al sol se vuelve dura).

Talla en sus finas ramas,
una conocida y cruel canción de cuna
(mágia negra se extiende por el bosque)
Para callar o sosegar cualquier voz,
que no sea la suya.

Pasajera huella, sus
finas y bermejas ramas.
Las hormigas recorren
de arriba a abajo su hendidura.

A su cuerpo, es cierto,
le faltan algunos alimentos.
Es cierto que su boca no quiere tragar.
Piensa que si muere en la noche, muere. Nada más.



No es hoy el día...
Lo sabía,
y todavía me alegro.
Se acercó.
Necesitaba tiempo para recuperar la holgura.
(con el tiempo el callo cubrirá la herida)

Viene buscando un cariño o queriéndolo dar.
Presiona con la sien y su mejilla mi costado,
con ternura.
Quisiera decirle que el futuro empieza justo aquí.
Y se lo digo arrimando mi hocico a su mejilla.

No deja que bese su cuero,
los besos quiere darlos él.
Me da un beso,
de esos que nos encantan.
Se incorpora y me dice que le espere.
Oigo que lava su piel.
Sigo esperando sentado, cerquita de él.

Huelo como se diluye
parte de su sangre y su herencia.
Su pena de hoy
huele a morocho o atole.
Necesita aire libre,
un poco de aventura
(la que nos permita la ciudad y su nueva normalidad)
y el canto pagano de su tierra.

- Vamos Momo. Vamos a salir. Vayámonos de aquí. Se puede siempre morir mañana y a ti te faltan horas de juego. Hoy llegaremos cansados.

No hay tristeza en su voz.
Y, aunque él se ve ya muy cansado,
aún me siente.
Él me ve.
Tiene fuerzas para andar.
Y es que en el fondo siempre fue un aventurero.

tazmania (i)

Hoy sobre las ocho de la tarde invité a entrar en casa a un extraño.
A un extraño no del todo desconocido.

Hace cosa de una semana Momo y yo paséabamos por el paseo Marítimo y, tras centenares de metros sin toparnos con nadie, esa tarde vimos a este chico tumbado al sol, cubierto con una manta.
Protegía su cuello del frío acero del banco con una mochila de esas que llevan los repartidores de comida a domicilio.
Si tenía bicileta, no la llevaba encima. Me parece recordar que a los pies del banco tenía un patín.

Momo y yo volvíamos de comprar pan, chocolate y leche. Nada imprescindible, nada escencial. Él nos saludó desde la distancia y cuando pasamos por delante hizo un comentario sobre Momo que no alcancé a entender por el viento o la velocidad de mis pasos, pero que su tono me dejó entender que estaba siendo simpático. Me me volteé. Sonreí, saludé y seguí.
(sé siempre amable y gentil, así te sientas podrido por dentro)

Avanzamos unos pasos más y entonces sentí que sería bueno compartir el chocolate y el pan con él. No me paré a pensar.
Desanduvimos los pasos y cuando estuvimos frente a él me pareció joven, pero su rostro se veía marcado y no conseguí adivinar su edad.
Nos recibió contento y abierto, entonces yo me sentí a gusto y me abrí. No me detuve a pensar.
Repitió el comentario que no había llegado a entender. En realidad iba dirigido a los dos: “Qué veloz es tu perro, no lo alcanzas ni con esas piernas”.

Solo aceptó un trozo de la punta y un poco de chocolate, aunque insistí un par de veces en compartir la mitad de todo.
(y en ese momento recordaste que de niño solías agarrar el brazo)
Eso hizo que me pareciera la persona más amable y gentil de todo el planeta. Y me sentí hermano de alguien, aún siendo hermano de nadie.
Su rostro era la de un niño sucio y feliz. La de un hombre sucio y agradecido.
( por qué te detienes a pensar…)

De alguna forma me vi ahí.
(…ahora en tu hermana)
Ocupando un espacio similar, en una tarde similar.

Hizo un par de comentarios que ahora no consigo recordar, porque iban dirigidos a mí y porque eran agradables.
Le pregunté si tenía dónde dormir, sin saber qué decir, cómo actuar o qué protocolo seguir en caso de que dijese que no.
Me respondió con un gesto alegre señalándo su espacio. Le comenté que habían establecido un recinto para las personas que no tienen hogar o dónde dormir.
Dijo que había ido a pasar alguna noche en aquél pavellón pero que ya no más. Dijo que muchos otros se estaban yendo también de ahí y entonces me habló de un rumor que circula entre las personas que viven en la calle pero no me atreví a preguntar más. O pensé, que por mi bien, no debía preguntar. No lo sé…

Le dije que tenía que irme. Hice un gesto vigoroso en señal de despedida, que sentí extrañamente natural y cuando él quiso darme la mano dudé pero no por su mano, o la mía.
Debido al Coronavirus no me pareció algo sensato. Y al decírselo por dentro me sentí triste y mal.
(tú y tus visiones del futuro. Tú y tus recuerdos en color sepia del pasado…)
Insitió y me pareció muy desagradable negársela. Por eso se la di.



Y hoy volviendo a casa Momo y yo nos encontramos de nuevo con él, en la calle que lleva a la esquina del edificio y que conecta con el Paseo San Juan. Me dio conversa. Yo agradecí por dentro que se me acercara alguien. Me siento muy solo y no encuentro amigos. Así que nos dimos conversa.
(querido, te dejaste arrinconar. Te tomaron, te dieron por una persona antisocial y ya no hay vuelta atrás)
Soltó de la nada que yo estaba muy sexy, así dijo. Estábamos quietos en la esquina.
Le dije que me llamo Luno y él abrió los ojos y la boca como hago yo cuando veo un plato de ceviche o encebollado, entonces bromeó diciendo que se acababa de enamorar.
Él se acercó. Yo reculé un par de pasos.
Me pareció que tanto su ropa como su cuerpo desprendían el mismo olor que recuerdo en mi hermana, las últimas veces que la vi.
Y entonces retrocedí porque no quise caer en el abismo de un recuerdo. Retrocedí porque cargo con demasiada soledad. Retrocedí.

Pero él estaba entusiasmado así que decidí confiar o fingir. O jugar. O ser.
No lo sé. Solo quería sentirme bien. Quería hacer sentir bien a alguien.
Le invité a pasar y de esta manera rompí la norma, o la ley.

Subimos la terraza y una hora más tarde, jo ja feia un pensament.
Minutos antes reíamos los dos pero algo había sucedido, dentro o fuera… Y empecé a sentir incomodidad.
(es que recordaste tu rumbo y las vías de un tren)
Lentamente empecé a comprender, puede que también a aceptar, que yo ya no estaba siendo capaz de disfrutar de ese momento. No se lo hice saber y me esforcé al máximo para que no se viera en mi fea y endurecida cara, porque él se sentía bien.

Él repitió en varias ocasiones que estaba muy feliz de tener compañia. Feliz de estar en una terraza escuchando música. Feliz de haber hecho un amigo en Barcelona.
Se me quedó viendo y se disculpó por su arrolladora energía.
Yo le respondí que no soy una persona alegre pero que lo fui. Y con serenidad firmé estas palabras.
(¡qué empeño el tuyo!… Reconoce que cuando estás alegre, nadie lo está tanto como tú)
Él no me me siguió por ese camino y cambió la música y empezó a sonar Hip-Hop. Pasados unos minutos dijo sonriente y con fe: “egotrip, hermano”.
Pasaron un par más de horas…



Se llama Tazmania y me contó en esas tres horas una cantidad generosa de historias.
(algo dentro de ti empujaba. Se abría en la noche una brecha por donde volver a la vida, o volver a nacer… Tú mismo la cerrabas)

Ahora él duerme en el sofá. Decía hace un rato que él es un espartano. Que su casa son dos metros cuadrados, lo justo para dormir y comer. También que mata demonios y que si me dejo, intentará matar alguno mío.
Que son como monos pequeños y que hay quienes se pasan la vida cargando con ellos y que es una pena.
Taz dice que él solo es luz. Luz blanca. Lo medita un poco y luego dice que más bien es de un blanco gris, un gris clarito.

Taz dice que arrastro “una salvaje depresión” desde los veinte años.
(mijo, cuentas demasiado pero no sabes nada…)
Taz dice que soy pura cultura y arte. Dice que no entiende qué hago derramado por el suelo, desperdiciando.
Taz a ratos me habla de cosas que no alcanzo a comprender.
Taz ríe mucho y esconde mucho y miente un poquito. Habla de cosas que me parecen terribles pero cuando habla de ellas lo son un poco menos.

Puede que A también sea un espartano. Un espartano que como Taz, quiso siempre lo que T: un lugar donde reposar de las batallas de este mundo. Un puerto que dejar, un puerto al que volver. Alguien que le de paz por unas horas, alguien desinteresado.

Antes de quedarse dormido, Taz me dijo que tal vez A siempre vivirá enamorado de mi puerto o de la intensa luz de mi faro.

Creo que esta noche moriré, por ingenuo o por visionario o por quebrantar la ley. O por el virus. Taz tenía una tos horrible.

si no hay palabras, hay colores.

No consigo escribir más que un par de líneas. Luego todo lo que me viene a la mente me petrifica.
Siento las palabras condicionadas. La emoción, castigada y atemorizada.
(pero en algún lugar hay pasión y hay coraje).
El pensamiento también sabe de confinamientos y cuarentenas. No solo el cuerpo.
(vida mía, te perdí en algún punto entre la voluntad y la desgana. En algún lugar perdí la vida. En un instante. O en varios…)

Quisiera hablar de las cosas bellas, escribirlas y dibujarlas. Vivir para luego contar buenas historias, de esas que se cuentan en cuevas, historias de madre que se deslizan por la oreja. También historias de padre…

Quisiera sonreír más a menudo por un buen motivo. O hacerlo sin más sin sentirme frívolo o muy solo.

Quisiera escribir de cosas bellas pero al hacerlo acabo encontrado un sinsentido o un desgarro en la naturaleza… Todo se estropea y buscando un responsable a semejante desastre acabo señalándome a mi mismo.
Ya no quiero más eso. Ni señalarme, ni pretender que no soy una persona bastante oscura.

(un campo devastado y en él el brote de una flor, esperando unas manos)

Hace días que estoy de mal humor, de muy mal humor. Pero no es un humor de perros. Como sea, me prometí no dejarme llevar.
Así que mantengo el cuerpo y los pies de cara a la corriente, aunque el agua sobrepase de lejos las caderas.
Lucho(?) por una estabilidad en este suelo muy inestable.
Baja caudaloso el río. Por las lluvia, los embalses y los temporales baja cada vez más despiadado, arrastrando, arrastrando…
(es un estado, es el estado, es la vida que aceptamos).

Bueno, la cosa iba de un par de líneas y unas fotos.
(olvidé, y probablemente lo vuelva a hacer, que el bolígrafo me sirve de bastón para eso de sondear y tantear; aunque luego acabe dando ningún paso)
Creo que no hablé de nada bello y por eso estoy tranquilo. Se que no he estropeado nada.

Traigo imágenes y, además de palabras, pura palabrería…
(ya que no puedo lavar tus pies).


Un fragmento de “Playa”:

Horizonte lejano:
no puedo tocarte.

Las gaviotas sobre mi cabeza
se aman todavía…

Es verdad; pues;
seres vivos se aman todavía;
con alas,
con pies,
con pezuñas,
se aman todavía…

ALFONSINA STORNI.

eficiencia del sueño, (ya no me basta solo con tu olor).

Se coló por la ventana un ligero aroma.
Era tu sudor,
derramándose generosamente tendón abajo.
(heno, agrio, maíz... galleta, trabajo)

Por la noche y sus engaños me dejé llevar...
(es que tú rozabas la superficie de mis labios).

Al abrir los ojos,
la necesidad me hizo oler de más.
("¿Llorona, qué más quieres? ¿Quieres más?")
Y es que la luz de la mañana se te había llevado
sin dejar rastro.

Desde que dijiste que no,
cada vez que te intuyo o te imagino,
se me echa encima el juicio.
Despiadado, quiere recordarme que soy un animal
dispuesto a devorarte.
Un ser corrompido,
que no sabe amar.
(Que solo puedo hacerlo en sueños.
Que encontraste a la persona que sí es capaz)

Caeré, porque así lo quiero,
esta noche en la placentera trampa.
Pronunciaré bajo el peso de las sábanas,
tu nombre.
Y volaré por unas horas,
arriba,
arriba...
Evocaré de nuevo,
tu sexo y el mío.
(y puede que lo sientas)

Un poco ahí,
siempre viviré.
Y es que enterré sin darme cuenta
mi capacidad de amar y
mis besos, todos,
en las fosas ilíacas de tu cuerpo.
Y embriagado olvidé
que hay un alma;
también caminos y un tiempo propio,
en cada cuerpo.
En el tuyo y en el mío...

¿Qué olores tendrán tus noches?

BERTOLT BRECHT: A LOS HOMBRES FUTUROS.

                                 I 


Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos. 
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa 
revela insensibilidad. El que ríe 
es que no ha oído aún la noticia terrible, 
aún no le ha llegado. 

¡Qué tiempos éstos en que 
hablar sobre árboles es casi un crimen 
porque supone callar sobre tantas alevosías! 
Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
¿lo encontrarán sus amigos 
cuando lo necesiten? 

Es cierto que aún me gano la vida 
Pero, créanme: es pura casualidad. Nada 
de lo que hago me da derecho a hartarme. 
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara, estaría perdido). 
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!» 
Pero ¿cómo puedo comer y beber 
si al hambriento le quito lo que como 
y mi vaso de agua le hace falta al sediento? 
Y, sin embargo, como y bebo. 

Me gustaría ser sabio también. 
Los viejos libros explican la sabiduría: 
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir 
sin inquietudes nuestro breve tiempo. 
Librarse de la violencia. 
dar bien por mal, 
no satisfacer los deseos y hasta 
olvidarlos: tal es la sabiduría. 
Pero yo no puedo hacer nada de esto: 
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos. 


                              II 

Llegué a las ciudades en tiempos del desorden, 
cuando el hambre reinaba. 
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía 
y me rebelé con ellos. 
Así pasé el tiempo 
que me fue concedido en la tierra. 
Mi pan lo comí entre batalla y batalla. 
Entre los asesinos dormí. 
Hice el amor sin prestarle atención 
y contemplé la naturaleza con impaciencia. 
Así pasé el tiempo 
que me fue concedido en la tierra. 

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos. 
La palabra me traicionaba al verdugo. 
Poco podía yo. Y los poderosos 
se sentían más tranquilos, sin mí. Lo sabía. 
Así pasé el tiempo 
que me fue concedido en la tierra. 

Escasas eran las fuerzas. La meta 
estaba muy lejos aún. 
Ya se podía ver claramente, aunque para mí 
fuera casi inalcanzable. 
Así pasé el tiempo 
que me fue concedido en la tierra. 


                         III 

Ustedes, que surgirán del marasmo 
en el que nosotros nos hemos hundido, 
cuando hablen de nuestras debilidades, 
piensen también en los tiempos sombríos 
de los que ustedes han escapado. 

Cambiábamos de país como de zapatos 
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos 
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella. 
Y, sin embargo, sabíamos 
que también el odio contra la bajeza 
desfigura la cara. 
También la ira contra la injusticia 
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros, 
que queríamos preparar el camino para la amabilidad 
no pudimos ser amables. 
Pero ustedes, cuando lleguen los tiempos 
en que el hombre sea amigo del hombre, 
piensen en nosotros 
con indulgencia.

           

no es fácil releer esto (ni tú ni yo sabemos por qué) 25.11.2019

Siento que tengo muchas cosas dentro que gritan por salir y veo que después de todo he estado gritando por las cosas menos sustanciales.
(que no se me eche ahora encima el jucio, que retrocedo)

No puedo evitar sentir una fuerte ansiedad, (que se puede transformar en rabia, en rencor, en ira, en miedo, en paranoia…) cada vez que hablo con alguien; sobretodo cuando la persona ya no “está” y termina la conversa. Cuando me quedo solo me vienen todas las preguntas y la ansiedad, no sé en qué orden; a veces parece que llega primero la una, luego la otra. Otras veces parece que se alían y se me echan encima juntas.
Es muy extraño y cuando siento profundo que jamás lo podré explicar sin sentirme un quejica o un llorón me echo a llorar desesperado.
Quisiera no comentar estas cosas a nadie más. Si le comento esto a alguien, tendrá la frase o la cita de algún muerto o el libro de algún gurú que le salvó, o su propio conocimiento y me dará una respuesta o una solución que no me servirá.

Creo que a ojos de los demás cuando actúo, pienso o siento así soy un necio o un engreído; cuando no, algo peor. Pienso continuamente que puede que sea así pero, en ocasiones también pienso yo lo mismo de ellos; cuando no, algo peor.
Como me siento solo, como estoy solo, come siento en minoría y me confunde la certidumbre que consiguen o tienen cuando hablan, la forma en que afirman o niegan las cosas; sobretodo si opinan de mí, opinen lo que sea. Si lo hacen o me lo parece me asusto y enseño los dientes, incluso puede que muerda. No, de seguro muerdo sin gruñir, sin avisar y eso no agrada, comprensible.
Si aviso y luego muerdo me parece peor. Entiendo que soy consciente de lo que está a punto de pasar.
Me explican o me justifican o me explican el por qué. A veces no, a veces no ven la necesidad y simplemente se marchan. Y en el fondo creo que me parece bien. Soy un perro rabioso.

Cada día me convenzo más de que lo mejor para mí es no hablar con nadie.
Parece que la tendencia es o bien yo crear el malestar en la vida de los demás o ser yo víctima del malestar de los otros.
También me dicen que no tengo poder sobre nadie, que no puedo hacer heridas tan profundas que puedan fastidiarle la vida a alguien pero aún así vivo por siempre creyendo, puede que empeñado, que le arañé o le aplasté un poco o le rompí el espíritu a alguien, y eso es culpa. ¿O no?

Ven aquí, haz esto, ve allá, busca ayuda, prueba con aquello, prueba con lo otro…
Me hablan de pecados, como la pereza; que estoy lleno de soberbia e ira. Pero la biblia también habla de la culpa. Ahora que por ser un parásito, que por ser muy sensible, que por ser artista, que por no serlo, que por cobarde, que por pueril, que por creer saberlo todo, que por saberlo, que por loco, que por lúcido, que por mentiroso, que por genuino…, que por la falta de, que por el exceso de…
Estoy estancado, el agua no circula en mi cuerpo pero me piden que fluya.

Jamás saldré de esto si no consigo amarme, si no encuentro un poco de amor propio… ¿pero y qué será eso?

Me siento muy solo. Me doy cuenta, recién ahora, de lo solo que me he sentido todos estos años por tanto tiempo y lo cansado que me siento de procurar encajar para luego verme rechazado o huyendo como un perro asustado o yéndome indiferente o desconsiderado, sacudiendo o sacudido. Me siento incapaz de llevar una vida “normal”, de volver a la normalidad después tanto caos y de tantas pérdidas.
(me dicen por el pinganillo que qué pesado con eso de la culpa y las pérdidas)
Que me agarre a lo bueno, aunque no sea capaz de verlo, ni sentirlo.

Creo que no entiendo la culpa. Creo a ratos que tampoco lo hace el resto. ¿Cómo se libra uno de algo así, de algo que lleva circulando por dentro por tantos años? ¿Hay que zafarse de la culpa, echar pa lante y seguir o será que encontraré el perdón en algún lugar insólito, por descubrir? ¿Realmente depende mí?
(me repiten a esto último que definitivamente, sin lugar a duda ni debate: sí, depende única y exclusivamente de mi, que ese es mi privilegio)

Un apunte: es un culpa muy grande porque son muchas. Muchísimas, ¿sí cachas?

– ¿Por qué me haces hacer esto? ¡Mira lo que me haces hacer! ¡Tú provocas esto! ¡Te gusta esto!
(yo tenía cinco, luego seis, luego siete, luego ocho… luego quince y así hasta los veinte)
A día de hoy con 27 aún escucho su voz dentro de otras voces: tú provocas esto, te conviene, te gusta…
¿Será que sí?
¿Será que un principio no y luego fue que sí?

No digas, no cuentes más estas cosas. No pienses en esto, no pienses tanto. Piensa más antes de actuar. Come mejor, duerme tus horas, cuida tu higiene, tu perro. Busca ayuda. Vuelve al trabajo, te sentará bien. No te presiones por volver. ¡Qué bien vives, Qué suerte! Se te ve ajado, qué pena. ¡Cómo se te ocurre… En qué cabeza! O, ¡en qué cabeza de cristiano! Cuida tu economía. Tú no eres tu emoción, tampoco lo que piensas.
No escuches tanta música triste. Me gusta la música que escuchas… Me dicen también: ignora y yo por dentro me río, otras veces lloro.

Me siento un inútil pero cada puto día me levanto y me pregunto todo el tiempo por qué, o para qué.
Y sigo. Hacia donde no lo sé.