estaba fuera.

llegaron como llega algunas veces la materia
(materia ahora ya sublimada)

curiosos,
temerosos,
se acercaron al horizonte de este par de pupilas negras.

Y cayeron enamorados,
mas no hacia arriba aún.

¿Se dieron cuenta ya,
enamorados?
Fue la belleza de los colores
y fueron ustedes también,
por haber mirado
(¿tanto?)

no soy un monstruo. (inevitable mort de la llengua)

El fuego comenzó esta mañana,
acto seguido las voces corrieron.
Por días corrieron las voces,
y siguen corriendo.
(voces que esperan una orden,
mientras buscan una dirección)

Debería buscarme un sitio donde vivir,
o procurarme un camino muy largo y desconocido
que me reconcilie con la vida,
conmigo mismo.
Un destino,
jadear por una meta.
Pero sigo aquí,
paralizado.
(¿a qué esperas?)

Sigo aquí.
Recorro unos pocos metros cada día.
De no ser por el perro,
creo que moriría en esta misma jaula.

Me quedan unos pocos pasos
antes de terminar este camino.
O antes de que le ponga fin,
otro ser humano.

Me iré esta misma noche.
(te apuntaron con un arma)
¿O me iré mañana?

(sigues encerrado en el baño)
Sigo encerrado en el baño.
Me inquieta este barrio,
me asusta esta ciudad.
También ese pueblo,
y aquél clamor:
¡un sol poble!
Y esa única e indiscutible voz.
(en este contexto, es así como sale de su escondite el dictador, el visionario, que promete algo a cambio de una guerra)
También ese tan repetido:
– ¡Sou bona gent!

Ayer sentencié mis palabras:
ya no valen nada.
Tampoco mis intenciones,
buenas o malas.
Ni la voluntad.

Las palabras ya no valen nada,
y aún así, ayer (te) volví a escribir.
No valen nada,
pero pronto es lo único que me quedará.
(y una mochila grande, tal vez)
Y una verdad,
que habré encontrado tarde.

No pasa nada por decirlo:
es tarde.

Recuerdo tu labio inferior,
latiendo entre los míos.
(¿entonces así sabrás que sigues vivo?)
Puedo prescindir por unas horas de la vista,
porque las flores todavía huelo.
(¿ya ves que sigues vivo?)

Me falta oírte,
me falta.
Me falta abrazarte.
No quiero nada más
que abrazarte.
(y sentir su abrazo)
Diría que me falta.
Hay algo que me falta.
Hay mucho que me sobra.
(¿no tienes dónde colocar todo eso?)

Diría,
que espero oírte decir
que mañana vuelves.
Diría,
que todavía creo que…
que todavía siento que…
que todavía estoy seguro de…
que todavía
que todavía,
que todavía,
y que todavía no…
Que todo este tiempo…
Lo diría,
pero mis palabras ya no valen nada.

Mañana,
me faltas.
Mañana;
si hubiera un mañana,
me faltarías.

Hablo contigo,
los días que me siento bien.
Hablo contigo,
El perro y yo hablamos contigo.
Y cuando lloro,
decir tu nombre me alivia.

Tu nombre sigue en la sábana,
Tu nombre se desprendió de mi mejilla,
se despidió con ese abrazo,
con esa carícia
que no te llegué a dar.
Que rechacé,
por estúpido.

Me dijeron: ¡corre, métete en tu casa!
Me metí dentro,
dentro,
muy adentro me metí.

Lo último que comí fue arroz con plátano,
hace tres o dos días.
No tengo hambre,
me atiborré de horas,
y también de porros.
(¿por qué no decirlo?)

Me encerré,
me venció el miedo
y me encerré.
Está todo tan oscuro,
que no me encuentro.
(dices que ya no hay luz pero ayer, desnudo en la azotea,
disfrutabas del sol y te importaba una mierda saber que estás solo)


Me encerré.
Pero también me abrí,
y ya no puedo volver.
Ya vi,
lo que tenía que ver.

Me dijo: ¡aguanta, muchacho! Pronto nos veremos.
(aguanta, pronto nos veremos)
Pronto nos veremos abuela.

Me dijeron:
¡muévete,
o apártate!
Me llamaron:
¡puto indígena!
Lo conté y no me creyeron.
Lo conté y soltaron:
¡pero si tú no pareces latino, como el resto!

Porque estaba muerto de frío y solitario te pedí que me arroparas,
con historias inventadas,
que contigo nada tenían que ver.
Lamento,
Lamento,
Si yo hubiera sabido…
Si yo hubiera sabido…
Si hubiera visto antes,
lo que no quería ver.

Ahora es el momento de hacerlo.
Era necesario que dijeras basta,
hasta aquí,
adiós.

Otra vez,
esa fuerza
que se empeña en mantenerme con vida
desde el día en que la primavera,
simplemente pasó.
(la primavera, por cierto, esta vez nada tiene que ver con el amor)

No me arropa nada,
pero recuerdo muy bien tu cuerpo.

Siento calor,
aunque no estés.
Aunque no quieras estar.
Aunque no puedas estar.

Siento calor,
mucho calor.
(con gusto te encaminaste hacia la hoguera)
A la hoguera voy,
para que no arda nadie más.

Ahora que solté esto,
puede que aguante unos días más.

Será que ahora que estoy tan solo,
encontré,
aunque tarde,
la libertad.

(¿es esto lo que querías? ¿encontrarte con tu hermana?)
Puede que esté
completamente equivocado.

decapitación de las flores – ii (acerca de aquél campo devastado).

El primer año lo pasamos en Barcelona.
Vivíamos todos juntos y bastante apretados en un departamento de tres habitaciónes pero eso no parecía un problema, aunque lo era.
El piso estaba enterrado, era oscuro pero tenía un patio interior blanco, de paredes altas pero luminoso.

El departamento era pequeño y oscuro; sí, pero olía siempre a comida y la comida era algo también parecido al amor.
Comino tostado, cilantro picado sobre un tablón de madera, pollo recién desplumado, verduras de colores salteadas, achiote… y a dulce; maíz y queso, dulce de leche y almendras, bizcochos de nueces y plátano, pancito dulce y mantequilla, maracuyá en el licuado de avena…
Y siempre que se ahumaba el arroz se oía un lamento o un insulto.

Me gustaba estar en la cocina pero siempre me sentí torpe en ella. Solían ser pequeñas y yo era nervioso, impaciente; un estorbo esforzandáse en complacer.
A las mujeres no les gustaba que metiese mucho las manos. Tampoco les gustaba a los hombres.
En la cocina se generaba a menudo una atmósfera que ahora me parece com de ficción y aún así, al escribir esto siento nostalgia y oigo platos romperse.
Era anhelo también, seguido de ausencia.

Desde la habitación en la que dormía mi tía Anita veía a través de la ventana, rectangular y estrecha, los pasos y ruedas pero sobretodo recuerdo las palomas. Nunca antes había visto tantas.

Nuestra casa me gustaba un poco porque no era nueva, era más bien vieja y se parecía en algunos aspectos a nuestra vieja casa del Ecuador, solo que no tenía un patio tan grande, ni gallinas que cuidar o empaitar, no teníamos manguera ni perro que nos tratase de morder cuando le teníamos que bañar. No había una caseta bajo la escalera donde meterme a dormir con el perro, que se llamaba Napo; por Napoleón.

Con todo, nuestra “casa” en Barcelona me gustaba un poco porque siempre estaba limpia, como la de Ecuador y conservaba algo de lo bueno que había quedado atrás. Y había algo más en la nueva casa que no veíamos porque no era el momento de verlo, porque: “¡mira qué paisajes tan nuevos, tan bellos!”, porque no era momento de mirar el pasado; porque, verdaderamente, nunca lo será.

El orden y el control para todo lo que se consideraba interno y externo, el orden y el control que parecía verse en las calles, y los parques como Montjuïc o Collserola; que me parecían bosques, hicieron que olvidara todo aquello que había quedado interrumpido o suspendido.
Pero de nuevo, no estoy de seguro de que “olvidar” sea la palabra precisa.
Yo tenía nueve años.

Seguía siendo un niño y por eso a ratos era feliz. Porque mi família también era un puñado de criaturas a menudo éramos felices.

decapitación de las flores – i (acerca de aquél campo devastado).

Lo primero que recuerdo nada más aterrizar, o que recuerdo con mucho detalle (a día de hoy), es sentirme muy pequeño.
Lo siguiente es corretear y mi sombrero, que no se qué fue de él.

Mi hermana, mi tía la menor y yo llegamos juntos. Mi padre, su pareja, mis tíos, tías y prima vinieron a recibirnos a la terminal y también alguna amistad de la família. Entonces olvidé que estaba en otro país. Lo olvidé por varios años. Aunque no estoy seguro de que “olvidar” sea la palabra precisa.

Era inmenso el aeropuerto. Estaba con la família en un lugar nuevo y por eso no recuerdo sentirme con miedo del nuevo mundo. Mi família parecía nueva también.
Recuerdo sentirme bienvenido. Me recuerdo eufórico, pero tal vez miento. Recuerdo fijarme en lo bien puesto que parecía todo y notar la rapidez con la que se movía de repente el mundo. Recuerdo sentirme fascinado e inquieto. Yo tenía nueve años.

La emoción del despegue y la del aterrizaje, el largo trayecto cruzando el atlántico y, sobretodo, ver por primera vez tan de cerca las nubes hizo que olvidara los gritos de mi madre.
(desde ahí arriba todo se veía pequeño y a esa velocidad todo era pasajero. Como nosotros)
El autobús no tenía puerta y ella alargaba hacia mí sus brazos. Me parece increíble recordar incluso mis manos.
Mi madre llorando, suplicando que me quede, que no me vaya.
(el cielo jamás había sido tan azul y de azul inundó mis recuerdos).

Mi madre simplemente no sabía cómo hacer las cosas un poco más fáciles. Seguramente de niña para ella no lo fueron; tampoco para su madre, y su padre no estaba y eran un chingo de hermanas.
Probablemente tuvo que aprender sobre la marcha, observando; siempre sintiendo y errando, haciendo y acertando… ¡Mierda, tan solo viviendo!

Mi madre, que no sabía cómo hacer las cosas un poco más fáciles; o por querer hacerlas, nos entregó a mi abuela y es que a mi padre las cosas no le estaban yendo bien, o no estaba.
Y es que Flor no solamente era madre, sobretodo era una mujer, y por encima de todo eso era un ser humano sobreviviendo.

Mi padre me contó que mi madre, antes de parirme, había tenido otro niño que al poco tiempo murió y que él supone que ella nunca superó del todo aquello.
Lo supone porque la cruda verdad es que ellos dos nunca se llegaron a conocer. Así lo dijo.
Por más que le pregunte él no sabe quién fue Flor realmente. Posiblemente para él, en algún momento de su vida, eso también fue doloroso…

Estoy sentado en el suelo. Es la hora de la merienda y el sol recién se escondió. Puede que me invente esa brisa que atraviesa la casa y entra por el patio.
(arroz con lentejas, plátano frito y café aguado)
Mierda, no recuerdo a mi hermana. Si está ahí de seguro está cerquita, o sentada en la falda, de nuestra abuela… Pero no consigo recordarla con claridad y eso es algo que arde, que me duele; por muchas razones.
La comida y el teléfono están sobre la mesa. La abuela habla con nuestro padre. Nosotros esperamos para charlar con él. Creo que también hay un par de tías en la sala. Mi padre está en España, creo que en alguna comarca de Catalunya.
(temps de collita)

Mi padre se había ido a España, y después de un tiempo que no soy capaz de estimar nos envió unos regalos. Entre ellos había un diccionari castellà-català. Me recuerdo muy a menudo buscando la traducción de cualquier palabra e imaginar que las pronunciaba muy bien todas.
Era un diccionario para mi hermana y para mí, pero lo acaparaba yo todo el tiempo y me enfadaba si ella o alguien más “me lo quitaba”.

(todo es necesario… para llegar a ese campo devastado. No te detengas)

Llegó una vez de España, venía a hacer trámites y a visitarnos. Yo tendría siete años. Fuimos a recibirles al aeropuerto. Yo estaba muy feliz. Se que le echaba mucho de menos y que tenía muchas ganas de verle.
Recuerdo su abrazo. Recuerdo muchos de sus abrazos, e identifico también algunas de sus incontables formas.
Recuerdo un tenedor y un cuchillo que mi padre trajo del avión. Los cubiertos venían envueltos en una funda negra y se los dejó cuando se volvió a ir.
Creo que se los pedí yo porque sentía que me estaba dejando a mí.
No se los dejó. Eran suyos y mi padre me los dio.
(sí, tiene un sabor extraño pero sabe a eso)

Esa vez que estuvo con nosotros, antes de marcharse, me llevó con él a Quito. No recuerdo mucho de la ciudad…, tal vez la piedra oscura y las ropas de colores y un mercado, pero no mucho más.
Lo que sí recuerdo es subir la cordillera y también un precipicio que no tenía fin y un enorme pájaro. Esa fue la primera y última vez que vi el cóndor andino. Mi padre está en silencio. Las ruedas del viejo bus ruedan rozando el abismo y, sentado en ese bus estaba también Dios, contemplando su Tierra y sus hijos.
Creo que me gusta estar con él. Pero me recuerdo también tenso.
Estoy seguro de la inmensa cordillera y del cóndor custodiando los andes.
Un recuerdo que dura lo que un respiro largo.

Puede que fuese un niño verdaderamente estúpido, engreído; o como me llamaban también: un antojado, pero una vez los probé ya no quise cortar más la carne, ni comer los estofados con cuchara como hacía el resto de mi família.
Mi padre se había ido y yo solo fui capaz de apegarme a esos cubiertos, y ensartaba la comida con la fuerza o la minuciosidad de un niño que, ignorante, creía en algo equivocado.

Mi família hacía broma llamándome “el españolito” cuando los usaba. Yo suponía que bromeaban porque reían. Otras veces comentaban lo hábil que era dándoles uso.
A menudo comentaban lo que sea, cualquier cosa, y lo magnificaban todo, sobretodo si en casa habían visitas o estábamos rodeados de amistades de la família. Yo era un niño que siempre reía y que nunca estaba quieto. Recuerdo que me enojaban mucho esos comentarios, pero me recuerdo también tantas veces muy orgulloso y otras tantas veces me recuerdo muy vulnerable, o frágil. ¿Es eso posible?
Recuerdo también posar y hacer lo que se esperaba de mí. Recuerdo sonreír y no decir nada. Recuerdo sonreír a pesar de estar enojado, o incómodo, o rabioso. Recuerdo enfadarme y verme forzado a sonreír. Recuerdo sonreír por complacer o para apaciguar. Recuerdo explosiones y deflagraciones por dentro. Pero yo no sabía nada de esto. Yo era un niño, eso es cierto.

Recuerdo esconder cosas y esconderme, recuerdo saquear la nevera en mitad de la noche. Me recuerdo comiendo a oscuras frente a la luz ténue del refri, yo de pie, medio dormido, o medio despierto.

Por mi parte recuerdo mucho llanto, y mucha rabia. Y mucho llanto en la familia, y mucha rabia. Mucho trabajo, poco tiempo, mucho tiempo, y demasiado amor reservado. Amor inesperado. Esfuerzo, berrinches y algo precario. Recuerdo a Dios siempre en la mesa, recuerdo también al Diablo. Y mucho más en tan poco tiempo.
(…todo tan concentrado)

las manos del padre. (i)

contra la pared tu hijo,
y tus manos creyentes
aferradas a su cuello.
Aprietas y ahorcas.
Sofocas así,
cualquier incendio.

Desde entonces,
después de tantos entonces,
los pies de tu hijo
no encuentran el suelo.
No es que vuele.
Sino que es él mismo
el que ahora se ahorca.

Tus dedos en su carne
todavía joven
de joven y niño.
Tu rabia y tu ignorancia
penetran también en tu hijo.

¿No ves que está pálido?
¿No ves que se desvanece?
No importa qué tanto le preguntes,
No importa qué tanto le chilles.
Ya no puede escuchar tus gritos.
En sus oídos
aumenta el canto de los grillos
y el de las cigarras
Alcanza sus ojos,
la sombra de la noche
a plena luz del día.
La habitación de tu hijo jamás ha sido para él
un lugar seguro.

Cae desplomado al suelo
Y se arrastra desorientado.
Siente el cuerpo helado a pesar de ser verano
Se llevó un fuerte golpe en la frente.
Y se arrastra asustado.
Busca un rincón.
No entiende,
No entiende...

Tú no lo ves, ni lo sientes.
No es tu hijo,
solo una visión.

Él está convencido.
Hoy morirá.
Se lo dice su cuerpo,
y cada elemento de la habitación.

(así como te di la vida, yo te la quito)

- Ya estás con las tonterías de tu madre.
Siempre que las cosas se ponían feas,
le entraba el teatro.

Flor María recibió un bofetón tan bestia que acabó al final de las escaleras.
Su hijo se encontraba cerca de ellos. No vio el golpe, pero sí oyó el previo ruido de los gritos y se acercó a ver.
Vio a su madre en el suelo, inconsciente. Eso era nuevo para el niño. Gritos, insultos, golpes, amenazas, alcohol,… Pero eso era nuevo para el niño.
El niño quiso acercarse a su madre pero el padre, que ya estaba junto a ella, lo apartó.
El padre lloraba. El padre estaba muy asustado.
– Flor. Flor, reacciona. ¡Flor!… Reacciona… ¿Pero qué he hecho? ¡Flor!

El hijo lloraba. El padre mandaba a callar a su hijo. El padre estaba muy asustado, pero sobretodo estaba lleno de remordimiento. No podía tolerar que nada en su entorno incrementase esa culpa, pues no sabría qué hacer con ella. Se ahogaría. El padre buscaba una solución. Como cualquier ser humano, en situaciones de mierda, empezó buscando una solución inmediata.
El padre mandó a su hijo a buscar el frasco que contenía un líquido rosáceo. El niño lo consigue y se lo entrega al padre. Pasados unos minutos el padre consigue reanimarla.
Él hombre llora. Flor todavía está desorientada.

El niño, ya de adulto, no recuerda si finalmente sus padres se abrazan. No recuerda si ella aparta al hombre o si es él el que se aleja. El niño no recuerda si llegó a acercarse a su madre para abrazarla y llorar con ella. No recuerda qué fue del padre ese día, ni de la madre.
Tiene la sensación de que, después de todo aquello, el padre y la madre retomaron el día, creyéndo que así seguirían con normalidad sus vidas.
El niño intuye que se incorporaron y le dejaron solo.

El niño, que ahora es adulto, se preguntará toda la vida si, como dice el padre, a su madre “le entró el teatro” y se tiró, o si fue el padre que de un golpe la lanzó por las escaleras.

El niño sabe, como niño y como adulto, que el padre niega y esconde las vergüenzas. Considera también la posibilidad de que simplemente el padre ya no recuerde, o no quiera recordar. El niño, lo entiende perfectamente y lo respeta. Por eso va dando tumbos buscando en otro lado respuestas.

La madre está muerta. Muerta y enterrada en otro continente. Enterrada solo por el tiempo y la tierra.

El niño siente profundo y recuerda. El adulto intenta conformarse, o consolarse pensando que todo es posible, que todo es real y necesario. El niño asume que para vivir en este mundo material y superficial, donde nada existe realmente sino es cuantificable, debe preguntar mucho menos y aportar siempre mucho más.

Tu hijo no murió.
Su madre sí murió,
su hermana sí murió.

No es capaz de odiar,
porque siempre supo que no le despreciabas,
plenamente.
Tu hijo sigue buscando,
mientras le pasa por encima,
no la vida,
sino la rueda cruel de un sistema despiadado.

ríos calientes. (nadie pudo todavía cuantificar el dolor)

El filo se desliza
para tallar en él su nombre.
A pesar de las apariencias,
enormes piedras rebotan en su cabeza.
(masivas estrellas mueren y colapsan.
Aparentemente, de la nada, nacen otras nuevas)
Sus manos fueron siempre así,
tan ligeras.
Tan ligeras como hojas.
Hojas mecidas,
tan solo por el viento.
(en ese universo suyo puede dilatar,
o detener el tiempo...)

Alcanzo a ver
su piel que llora
(corteza empapada por la lluvia.
corteza blanda que expuesta al sol se vuelve dura).

Talla en sus finas ramas,
una conocida y cruel canción de cuna
(mágia negra se extiende por el bosque)
Para callar o sosegar cualquier voz,
que no sea la suya.

Pasajera huella, sus
finas y bermejas ramas.
Las hormigas recorren
de arriba a abajo su hendidura.

A su cuerpo, es cierto,
le faltan algunos alimentos.
Es cierto que su boca no quiere tragar.
Piensa que si muere en la noche, muere. Nada más.



No es hoy el día...
Lo sabía,
y todavía me alegro.
Se acercó.
Necesitaba tiempo para recuperar la holgura.
(con el tiempo el callo cubrirá la herida)

Viene buscando un cariño o queriéndolo dar.
Presiona con la sien y su mejilla mi costado,
con ternura.
Quisiera decirle que el futuro empieza justo aquí.
Y se lo digo arrimando mi hocico a su mejilla.

No deja que bese su cuero,
los besos quiere darlos él.
Me da un beso,
de esos que nos encantan.
Se incorpora y me dice que le espere.
Oigo que lava su piel.
Sigo esperando sentado, cerquita de él.

Huelo como se diluye
parte de su sangre y su herencia.
Su pena de hoy
huele a morocho o atole.
Necesita aire libre,
un poco de aventura
(la que nos permita la ciudad y su nueva normalidad)
y el canto pagano de su tierra.

- Vamos Momo. Vamos a salir. Vayámonos de aquí. Se puede siempre morir mañana y a ti te faltan horas de juego. Hoy llegaremos cansados.

No hay tristeza en su voz.
Y, aunque él se ve ya muy cansado,
aún me siente.
Él me ve.
Tiene fuerzas para andar.
Y es que en el fondo siempre fue un aventurero.

tazmania (i)

Hoy sobre las ocho de la tarde invité a entrar en casa a un extraño.
A un extraño no del todo desconocido.

Hace cosa de una semana Momo y yo paséabamos por el paseo Marítimo y, tras centenares de metros sin toparnos con nadie, esa tarde vimos a este chico tumbado al sol, cubierto con una manta.
Protegía su cuello del frío acero del banco con una mochila de esas que llevan los repartidores de comida a domicilio.
Si tenía bicileta, no la llevaba encima. Me parece recordar que a los pies del banco tenía un patín.

Momo y yo volvíamos de comprar pan, chocolate y leche. Nada imprescindible, nada escencial. Él nos saludó desde la distancia y cuando pasamos por delante hizo un comentario sobre Momo que no alcancé a entender por el viento o la velocidad de mis pasos, pero que su tono me dejó entender que estaba siendo simpático. Me me volteé. Sonreí, saludé y seguí.
(sé siempre amable y gentil, así te sientas podrido por dentro)

Avanzamos unos pasos más y entonces sentí que sería bueno compartir el chocolate y el pan con él. No me paré a pensar.
Desanduvimos los pasos y cuando estuvimos frente a él me pareció joven, pero su rostro se veía marcado y no conseguí adivinar su edad.
Nos recibió contento y abierto, entonces yo me sentí a gusto y me abrí. No me detuve a pensar.
Repitió el comentario que no había llegado a entender. En realidad iba dirigido a los dos: “Qué veloz es tu perro, no lo alcanzas ni con esas piernas”.

Solo aceptó un trozo de la punta y un poco de chocolate, aunque insistí un par de veces en compartir la mitad de todo.
(y en ese momento recordaste que de niño solías agarrar el brazo)
Eso hizo que me pareciera la persona más amable y gentil de todo el planeta. Y me sentí hermano de alguien, aún siendo hermano de nadie.
Su rostro era la de un niño sucio y feliz. La de un hombre sucio y agradecido.
( por qué te detienes a pensar…)

De alguna forma me vi ahí.
(…ahora en tu hermana)
Ocupando un espacio similar, en una tarde similar.

Hizo un par de comentarios que ahora no consigo recordar, porque iban dirigidos a mí y porque eran agradables.
Le pregunté si tenía dónde dormir, sin saber qué decir, cómo actuar o qué protocolo seguir en caso de que dijese que no.
Me respondió con un gesto alegre señalándo su espacio. Le comenté que habían establecido un recinto para las personas que no tienen hogar o dónde dormir.
Dijo que había ido a pasar alguna noche en aquél pavellón pero que ya no más. Dijo que muchos otros se estaban yendo también de ahí y entonces me habló de un rumor que circula entre las personas que viven en la calle pero no me atreví a preguntar más. O pensé, que por mi bien, no debía preguntar. No lo sé…

Le dije que tenía que irme. Hice un gesto vigoroso en señal de despedida, que sentí extrañamente natural y cuando él quiso darme la mano dudé pero no por su mano, o la mía.
Debido al Coronavirus no me pareció algo sensato. Y al decírselo por dentro me sentí triste y mal.
(tú y tus visiones del futuro. Tú y tus recuerdos en color sepia del pasado…)
Insitió y me pareció muy desagradable negársela. Por eso se la di.



Y hoy volviendo a casa Momo y yo nos encontramos de nuevo con él, en la calle que lleva a la esquina del edificio y que conecta con el Paseo San Juan. Me dio conversa. Yo agradecí por dentro que se me acercara alguien. Me siento muy solo y no encuentro amigos. Así que nos dimos conversa.
(querido, te dejaste arrinconar. Te tomaron, te dieron por una persona antisocial y ya no hay vuelta atrás)
Soltó de la nada que yo estaba muy sexy, así dijo. Estábamos quietos en la esquina.
Le dije que me llamo Luno y él abrió los ojos y la boca como hago yo cuando veo un plato de ceviche o encebollado, entonces bromeó diciendo que se acababa de enamorar.
Él se acercó. Yo reculé un par de pasos.
Me pareció que tanto su ropa como su cuerpo desprendían el mismo olor que recuerdo en mi hermana, las últimas veces que la vi.
Y entonces retrocedí porque no quise caer en el abismo de un recuerdo. Retrocedí porque cargo con demasiada soledad. Retrocedí.

Pero él estaba entusiasmado así que decidí confiar o fingir. O jugar. O ser.
No lo sé. Solo quería sentirme bien. Quería hacer sentir bien a alguien.
Le invité a pasar y de esta manera rompí la norma, o la ley.

Subimos la terraza y una hora más tarde, jo ja feia un pensament.
Minutos antes reíamos los dos pero algo había sucedido, dentro o fuera… Y empecé a sentir incomodidad.
(es que recordaste tu rumbo y las vías de un tren)
Lentamente empecé a comprender, puede que también a aceptar, que yo ya no estaba siendo capaz de disfrutar de ese momento. No se lo hice saber y me esforcé al máximo para que no se viera en mi fea y endurecida cara, porque él se sentía bien.

Él repitió en varias ocasiones que estaba muy feliz de tener compañia. Feliz de estar en una terraza escuchando música. Feliz de haber hecho un amigo en Barcelona.
Se me quedó viendo y se disculpó por su arrolladora energía.
Yo le respondí que no soy una persona alegre pero que lo fui. Y con serenidad firmé estas palabras.
(¡qué empeño el tuyo!… Reconoce que cuando estás alegre, nadie lo está tanto como tú)
Él no me me siguió por ese camino y cambió la música y empezó a sonar Hip-Hop. Pasados unos minutos dijo sonriente y con fe: “egotrip, hermano”.
Pasaron un par más de horas…



Se llama Tazmania y me contó en esas tres horas una cantidad generosa de historias.
(algo dentro de ti empujaba. Se abría en la noche una brecha por donde volver a la vida, o volver a nacer… Tú mismo la cerrabas)

Ahora él duerme en el sofá. Decía hace un rato que él es un espartano. Que su casa son dos metros cuadrados, lo justo para dormir y comer. También que mata demonios y que si me dejo, intentará matar alguno mío.
Que son como monos pequeños y que hay quienes se pasan la vida cargando con ellos y que es una pena.
Taz dice que él solo es luz. Luz blanca. Lo medita un poco y luego dice que más bien es de un blanco gris, un gris clarito.

Taz dice que arrastro “una salvaje depresión” desde los veinte años.
(mijo, cuentas demasiado pero no sabes nada…)
Taz dice que soy pura cultura y arte. Dice que no entiende qué hago derramado por el suelo, desperdiciando.
Taz a ratos me habla de cosas que no alcanzo a comprender.
Taz ríe mucho y esconde mucho y miente un poquito. Habla de cosas que me parecen terribles pero cuando habla de ellas lo son un poco menos.

Puede que A también sea un espartano. Un espartano que como Taz, quiso siempre lo que T: un lugar donde reposar de las batallas de este mundo. Un puerto que dejar, un puerto al que volver. Alguien que le de paz por unas horas, alguien desinteresado.

Antes de quedarse dormido, Taz me dijo que tal vez A siempre vivirá enamorado de mi puerto o de la intensa luz de mi faro.

Creo que esta noche moriré, por ingenuo o por visionario o por quebrantar la ley. O por el virus. Taz tenía una tos horrible.

si no hay palabras, hay colores.

No consigo escribir más que un par de líneas. Luego todo lo que me viene a la mente me petrifica.
Siento las palabras condicionadas. La emoción, castigada y atemorizada.
(pero en algún lugar hay pasión y hay coraje).
El pensamiento también sabe de confinamientos y cuarentenas. No solo el cuerpo.
(vida mía, te perdí en algún punto entre la voluntad y la desgana. En algún lugar perdí la vida. En un instante. O en varios…)

Quisiera hablar de las cosas bellas, escribirlas y dibujarlas. Vivir para luego contar buenas historias, de esas que se cuentan en cuevas, historias de madre que se deslizan por la oreja. También historias de padre…

Quisiera sonreír más a menudo por un buen motivo. O hacerlo sin más sin sentirme frívolo o muy solo.

Quisiera escribir de cosas bellas pero al hacerlo acabo encontrado un sinsentido o un desgarro en la naturaleza… Todo se estropea y buscando un responsable a semejante desastre acabo señalándome a mi mismo.
Ya no quiero más eso. Ni señalarme, ni pretender que no soy una persona bastante oscura.

(un campo devastado y en él el brote de una flor, esperando unas manos)

Hace días que estoy de mal humor, de muy mal humor. Pero no es un humor de perros. Como sea, me prometí no dejarme llevar.
Así que mantengo el cuerpo y los pies de cara a la corriente, aunque el agua sobrepase de lejos las caderas.
Lucho(?) por una estabilidad en este suelo muy inestable.
Baja caudaloso el río. Por las lluvia, los embalses y los temporales baja cada vez más despiadado, arrastrando, arrastrando…
(es un estado, es el estado, es la vida que aceptamos).

Bueno, la cosa iba de un par de líneas y unas fotos.
(olvidé, y probablemente lo vuelva a hacer, que el bolígrafo me sirve de bastón para eso de sondear y tantear; aunque luego acabe dando ningún paso)
Creo que no hablé de nada bello y por eso estoy tranquilo. Se que no he estropeado nada.

Traigo imágenes y, además de palabras, pura palabrería…
(ya que no puedo lavar tus pies).


Un fragmento de “Playa”:

Horizonte lejano:
no puedo tocarte.

Las gaviotas sobre mi cabeza
se aman todavía…

Es verdad; pues;
seres vivos se aman todavía;
con alas,
con pies,
con pezuñas,
se aman todavía…

ALFONSINA STORNI.